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Instinto atávico inducido. (Vanidad y egoísmo: los grandes males del milenio.)



“La más segura ruta para la soledad, es indudablemente seguir el camino de la vanidad”
Marco A. Rivera López



Amigos, con el problemas de los "huevos" en boga, les comparto esta reflexión que hace un tiempo escribí y compartí con unos grandes amigos.

Esta inquietud surge tras pensar con intención y profundidad sobre los “continuados”, amplísimos y publicitados actos de violencia ocurridos en nuestro país en fechas recientes, así como en las acciones anónimas, y diarias que acongojan, a la sociedad, en general y al ciudadano en particular; no es un reclamo al gobierno, o a nosotros mismos como humanidad; por lo menos un servidor, ya está harto de leer y escuchar quejas fugaces, pero sin seguimiento, no es mi intención; mi objetivo, tampoco es compartir alguna propuesta de solución, tan solo con intentarlo, pecaría de ingenuo, no, no lo soy; más bien, quisiera externar mi más humilde sentimiento, sin otra pretensión más.

Los actos pecaminosos, no son más que actos instintivos del ser humano, que hasta podríamos llamar, ¿por qué no? comportamientos naturales; no obstante, como bien sabemos, todo exceso se aparta de lo natural, pues los animales, tras saciar su sed atávica, retornan a su lucha diaria por sobrevivir, los instintos garantizan la supervivencia; así pues, los actos pecaminosos, distorsionan a la naturaleza, ya que, la mayoría de las veces, no persiguen la conservación de la vida, sino una burda manera de satisfacción personal (gozo, placer); lo que conduce inevitablemente a la descomposición individual y social.

La categorización de nefandos comportamientos humanos efectuada por el Papa Gregorio Magno, y su posterior realce a cargo de Dante Alighieri, nos muestra que desde tiempos remotos, había una necesidad de controlar los “bajos instintos” de la humanidad; sin dejar de señalar también, que con ello, se pretendía un control más reacio sobre las personas; de tal suerte, que la ética social sanciona tales conductas, hasta el extremo del sufrimiento eterno, a tales manifestaciones se tenía que llegar; hoy día, sin embargo, la clasificación de los siete pecados capitales ha sido superada; vivimos en un época de consumismo sin medida, en la que las grandes firmas publicitarias nos venden deseos y apetitos, propician y ensalzan, de cierta manera, conductas lesivas.

No me asusta, tengo bases y principios, de hecho, aplaudo tanta apertura de la mente humana, viva la evolución y los placeres de la tecnología; pero, mi preocupación estriba, que en aquellos que no podamos cumplir los deseos y apetitos inducidos artificialmente por el consumismo absurdo, de por sí, provocan estímulos instintivos, genera rabia, inseguridad y baja estima; en cambio, quien lo consigue, demuestra su supuesta valía económica, la que se trasforma indefectiblemente en discriminación a quien no está a su altura.

Esta provocación a la ética y a la moral, contribuye a que el hombre que posea, intenté consumir y “tener” aún más, como si la vida dependiese de ello; se pierde la noción de lo que realmente son las necesidades básicas; explotamos todos los recursos para la satisfacción de aquellos que los pueden conseguir, dejando a un lado, a los que no lo hacen; en resumen, el problema ya no es consumir, sino consumir por consumir, sin ninguna otra causa que elevar el estatus económico, lo que apareja, una desigualdad absoluta, pues quienes de verdad necesitan “algo”, no lo consigue por el voraz apetito de lo que llamo: instinto atávico inducido”.

Se dice que la depresión es el mal del milenio, pero yo no concuerdo con tal afirmación, más bien, la depresión es un resultado de nuestra lamentable realidad, la gente se deprime por no conseguir aquello que le han impuesto desear;  tal depresión, lleva a la soledad, puesto que inhibe el sentido de pertenencia, o en el peor de los casos, segrega de la participación social.

A mi gusto, los verdaderos males del milenio son la vanidad y el egoísmo, ambos son uno; el primero de ellos, lo conocemos como el “vicio social” permisible; es vicio porque arrastra una excesiva afición a algo, especialmente perjudicial, es permisible, ya que, como hemos señalado en párrafos superiores, es alimentado por el absurdo consumismo que no deja ver su verdadero rostro; el segundo, es el inmoderado amor por uno mismo, que hace pensar sólo en el interés personal y el que, necesariamente obliga a ser indiferentes hacia otros, y preocuparnos solamente por los asuntos personales.

Esos son los males a vencer, esos son los males que conducen a la depresión, al aislamiento, a la soledad, y por ende a las reacciones, que en un primer momento las podríamos considerar como irracionales, pero que tienen sus raíces muy arraigadas y profundas en estos padecimientos sociales.

Tales dolencias son meras imperfecciones del corazón y de la inteligencia, que producen una desigualdad y rompen con el equilibrio social. Lo extraño de ello, es que, manejamos una doble moral, condenamos públicamente el excesivo egoísmo y vanidad, cuando en lo más recóndito de nuestro ser palpitan, hierven, sino, no habría mayores ultrajes, no lo permitiríamos.

La pregunta que me surge aquí es la siguiente: ¿qué tan comprometidos estamos con acabarlas, si nosotros mismos somos los primeros en vernos infectados por sus nefastos tentáculos; será qué ¿únicamente, nos damos golpes de pecho, simulando combatirlas?

¡Claro! El mal está muy enraizado, difícil, pero no imposible es su combate, estimados lectores, está en usted, está en mí, está en cada uno de nosotros atacarlo, ¿cómo?, siendo empáticos con nuestros semejantes, ahí radica nuestra principal espada, la unión; por ejemplo, habrá artículos a los que le suben excesivamente los precios, con lo que no toda la población podrá comprarlos, en ese sentido, si usted puede pagar su precio, antes pregúntese:

¿Por qué razón lo va adquirir? ¿Por qué está de moda, se ve in? ¿Porque en su círculo social todos lo tienen? ¿Qué tan necesario le es realmente? ¿Por qué va pagar un precio elevado? Aunque tenga el recurso, es injusto.

Ahora trasládese por un momento, en las circunstancias de aquella persona que no puede pagar el bien, ¿qué sentirá éste al no conseguirlo?

Si un boleto de cine, es caro, ¿por qué lo compra?; si un automóvil último modelo, también es caro, ¿por qué lo compra?, pudiendo adquirir uno a precio más accesible, ¿por ufanarse ante los demás?

Señores necesitamos unidad y cohesión social, si la leche sube, no la compre, SI EL HUEVO ENCARECE, o el frijol suben, no los adquiera, si el gas aumenta, no pague; mejor organícese y exija, no se deje influenciar por el esnobismo televisivo, no lo permita, solidarícese con su gente, con su pueblo.

¡Aún es tiempo!

Recordemos que podemos disfrutar de todo placer mental, físico y social, con riquezas, fama y honor sin realizar el propósito mismo de la vida, lo que innegablemente nos empujará a la máxima soledad.

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