Carta de Víctor Hugo a Benito Juárez, 20 de junio de 1867, solicitando el
perdón a Maximiliano pero reconociendo el triunfo de la República y el mérito
de Juárez en la defensa de su patria, la que, llegó a manos de éste con un día
de atraso, posterior al fusilamiento, del otrora emperador.
Juárez, usted ha igualado a John Brown. La América actual
tiene dos héroes, John Brown y usted. John Brown por quien la esclavitud ha
muerto; usted, por quien la libertad vive. México se ha salvado por un
principio y por un hombre. El principio es la República, el hombre, es usted.
Del otro lado, Juárez.
Por un lado, dos imperios; por otro, un hombre. Un hombre
con otro puñado de hombres. Un hombre perseguido de ciudad en ciudad, de pueblo
en pueblo, de bosque en bosque, en la mira de los infames fusiles de los
consejos de guerra, acosado, errante, refundido en las cavernas como una bestia
salvaje, aislado en el desierto, por cuya cabeza se paga una recompensa.
Teniendo por generales algunos desesperados, por soldados algunos harapientos.
Sin dinero, sin pan, sin pólvora, sin cañones. Los arbustos por ciudadelas.
Aquí la usurpación, llamada legitimidad, allá el derecho, llamado bandido. La
usurpación, casco bien puesto y espada en mano, aplaudida por los obispos, empujando ante sí y
arrastrando detrás de sí todas las legiones de la fuerza. El derecho, sólo y
desnudo. Usted, el derecho, aceptó el combate. La batalla de uno contra todos
duró cinco años. A falta de hombres, usted usó como proyectiles las cosas. El
clima, terrible, vino en su ayuda; tuvo usted por ayudante al sol. Tuvo por
defensores los lagos infranqueables, los torrentes llenos de caimanes, los
pantanos, llenos de fiebre, las malezas mórbidas, el vómito prieto de las
tierras calientes, las soledades de sal, las vastas arenas sin agua y sin
hierba donde los caballos mueren de sed y de hambre, la gran planicie severa de
Anáhuac que se cuida con su desnudez, como Castilla, las planicies con abismos,
siempre trémulas por el temblor de los volcanes, desde el de Colima hasta el
Nevado de Toluca; usted pidió ayuda a sus barreras naturales, la aspereza de
las cordilleras, los altos diques basálticos, las colosales rocas de pórfido.
Usted llevó a cabo una guerra de gigantes, combatiendo a golpes de montaña.
Y un día, después de cinco años de humo, de polvo, y de
ceguera, la nube se disipó y vimos a los dos imperios caer, no más monarquía,
no más ejército, nada sino la enormidad de la usurpación en ruinas, y sobre
estos escombros, un hombre de pie, Juárez, y, al lado de este hombre, la
libertad.
Usted hizo tal cosa, Juárez, y es grande. Lo que le queda
por hacer es más grande aún. Escuche, ciudadano presidente de la República
Mexicana. Acaba usted de vencer a las monarquías con la democracia. Usted les
mostró el poder de ésta; muéstreles ahora su belleza. Después del rayo, muestre
la aurora. Al cesarismo que masacra, muéstrele la República que deja vivir. A
las monarquías que usurpan y exterminan, muéstreles el pueblo que reina y se
modera. A los bárbaros, muéstreles la civilización. A los déspotas, los
principios.
Dé a los reyes, frente al pueblo, la humillación del
deslumbramiento. Acábelos mediante la piedad. Los principios se afirman, sobre
todo, brindando protección a nuestro enemigo. La grandeza de los principios
está en ignorar. Los hombres no tienen nombre ante los principios, los hombres
son el Hombre. Los principios no conocen sino a sí mismos. En su estupidez
augusta no saben sino esto: la vida humana es inviolable.
¡Oh, venerable imparcialidad de la verdad! El derecho sin
discernimiento, ocupado solamente en ser derecho. ¡Qué belleza! Es importante
que sea frente a aquellos que legalmente habrían merecido la muerte, cuando
abjuremos de esta vía de hecho. La más bella caída del cadalso se hace delante
del culpable.
¡Que el violador de principios sea salvaguardado por un
principio! ¡Que tenga esa felicidad y esa vergüenza! Que el violador del
derecho sea cobijado por el derecho. Despojándolo de su falsa inviolabilidad,
la inviolabilidad real, pondrá usted al desnudo la verdadera, la inviolabilidad
humana. Que quede estupefacto al ver que del lado por el cual él es sagrado, es
el mismo por el cual no es emperador. Que este príncipe, que no se sabía
hombre, aprenda que hay en él una miseria, el príncipe, y una majestad, el
hombre. Nunca se presentó una oportunidad tan magnífica como ésta. ¿Se
atreverán a matar a Berezowski en presencia de Maximiliano sano y salvo? Uno
quiso matar a un rey, el otro, a una nación. Juárez, haga dar a la civilización
ese paso inmenso. Juárez, abolid sobre toda la tierra la pena de muerte. Que el
mundo vea esta cosa prodigiosa: la república tiene en su poder a su asesino, un
emperador; en el momento de arrollarlo, se da cuenta de que es un hombre, lo
suelta y le dice: Eres del pueblo como los demás. Vete.
Ésa será, Juárez, su segunda victoria. La primera, vencer
a la usurpación, es soberbia; la segunda, perdonar al usurpador, será sublime.
Sí, a esos reyes cuyas prisiones están repletas, cuyos cadalsos están oxidados
de asesinatos, a esos reyes de caza, de exilios, de presidios y de Siberia, a
los que tienen a Polonia, a Irlanda, a La Habana, a Creta, a esos príncipes
obedecidos por los jueces, a esos jueces obedecidos por los verdugos, a esos verdugos
obedecidos por la muerte, a esos emperadores que tan fácilmente mandan cortar
una cabeza, ¡muéstreles cómo se salva la cabeza de un emperador!
Por encima de todos los códigos monárquicos de los que
caen gotas de sangre, abra la ley de la luz, y, en medio de la página más santa
del libro supremo, que se vea el dedo de la República posado sobre esta orden
de Dios: No matarás. Estas dos palabras contienen el deber. Usted cumplirá ese
deber.
El usurpador será perdonado y el liberador no ha podido
serlo, lástima. Hace dos años, el 2 de diciembre de 1859, tomé la palabra en
nombre de la democracia, y pedí a Estados Unidos la vida de John Brown. No la
obtuve. Hoy pido a México la vida de Maximiliano. ¿La obtendré?
Sí. Y tal vez en estos momentos ya ha sido cumplida mi
petición Maximiliano le deberá la vida a Juárez. ¿Y el castigo?, preguntarán.
El castigo, helo aquí,
Maximiliano vivirá “por la gracia de la República”.
Víctor Hugo
Hauteville House, a 20
junio de 1867
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