Llamar a la mujer el
sexo débil es una calumnia, es la injusticia del hombre hacia la mujer. Si por
fuerza se entiende la fuerza bruta, entonces, en verdad, la mujer es menos
brutal que el hombre. Si por fuerza se entiende el poder moral, entonces la mujer
es inmensamente superior.
Mahatma
Gandhi
Queridos amigos, dado que la fecha del aniversario luctuoso de la “Madre
de la Patria” se acerca, hemos decidido recordarla, trascribiendo la carta
que le dirigió a uno de los exponentes del conservadurismo misógino más importante
de su época, a quien de manera elegante, discreta y formal, le cayó la boca.
Otro tema que nos empujó a efectuar esta participación es la recurrente
agresión al periodismo, que como veremos, no es un tema nuevo, ya en el siglo
XIX el estado y otros actores políticos o privados encrudecían el ataque a ese
gremio.
Nuestro personaje, falleció el 21 de agosto de 1842, a los 53 años de
edad, en la Ciudad de México, es considerada la primera periodista del país y
se ganó el distintivo de madre de la patria mexicana, fue la primera
corresponsal de guerra publicando en “El Federalista Mexicano”, “El Ilustrador
Nacional” y “Semanario Patriótico Americano”.
Nos referimos a la ilustre María de la Soledad Leona Camila Vicario
Fernández de San Salvador, mejor conocida como Leona Vicario, quien además los
mexicanos la reconoce como un ícono
de su independencia, pues a pesar de haber gozado de una postura privilegiada,
decidió apoyar la causa independentista, aportando de su propio peculio
pertrechos y demás utensilios.
El historiador conservador Lucas Alamán señaló en vida de Leona, que
ella se había unido a la causa independista exclusivamente por amor a su
marido, Andrés Quintana Roo, más que por afinidad hacia los insurgentes, sin
más participación en esa gesta.
Es por ello que se vio obligada a contestar tales diatribas escribiendo
una carta que se publicó en varios de los diarios de la época, la que, sin
lugar a dudas, dejó muy en claro no sólo su intervención en la causa, sino que dio
a conocer la entereza de la mujer en tiempos caóticos y en los que no era
reconocida la actividad que desarrollaban. Esperamos la disfruten y les conmine
a la reflexión, como en nosotros lo hizo y de la que pudimos concluir:
Equidad, no es
igual a fanatismo feminista.
Casa de usted, marzo
26 de 1831.
Señor don Lucas
Alamán.
Presente:
Muy señor mío de toda
mi atención: en el Registro Oficial del 14 de este, contestando usted a los
federalistas, me lleva de encuentro sin saber porqué, tachando mis servicios a
la patria de heroísmo romanesco, y dando a entender muy claramente que mi decisión
por ella, sólo fue efecto del amor. Esta impostura la he desmentido ya otra
vez, y la persona que la inventó, se desdijo públicamente de ella, y usted es
regular que no lo haya ignorado; más por si se lo hubiese olvidado, remitió a
usted un ejemplar de mi vindicación que en aquel tiempo se imprimió, en donde
se hallan reunidos varios documentos que son intachables y que desmienten dicha
impostura. No imagine usted que el empeño que he tenido en patentizar al
público que los servicios que hice a la patria no tuvieron más objeto que el
verla libre de su antiguo yugo, lleva la mira de granjearme el título y lauro
de heroína.
No: mi amor propio no
me ha cegado nunca hasta el extremo de creer que unos servicios tan comunes y
cortos como los míos, puedan merecer los elogios gloriosos que están reservados
para las acciones grandes y extraordinarias. Mi objeto en querer desmentir la
impostura de que mi patriotismo tuvo por origen el amor, no es otro que el muy
justo deseo de que mi memoria no pase a mis nietos con la fea nota de haber yo
sido una atronada que abandoné mi casa por seguir a un amante. Me parece inútil
detenerme en probar a usted lo contrario, pues además de que en mi vindicación
hay suficientes pruebas, todo México supo que mi fuga fue de una prisión, y que
ésta no la originó el amor, sino el haberme apresado a un correo que mandaba yo
a los antiguos patriotas. En la correspondencia interceptada, no apareció
ninguna carta amatoria, y el mismo empeño que tuvo el gobierno español para que
yo descubriera a los individuos que escribían con nombres fingidos, prueba
bastantemente que mi prisión se originó por un servicio que presté a mi patria.
Si el amor cree usted
que fue el móvil de mis acciones, qué conexión pudo haber tenido éste con la
firmeza que manifesté, ocultando, como debía, los nombres de los individuos que
escribían por mi conducto, siendo así que ninguno de ellos era mi amante?
Confiese usted señor Alamán, que no sólo el amor es el móvil de las acciones de
las mujeres: que ellas son capaces de todos los entusiasmos, y que los deseos
de la gloria y de la libertad de la patria, no les son unos sentimientos
extraños, antes bien suele obrar en ellas con más vigor, como siempre los
sacrificios de las mujeres, sea el que fuere el objeto o causa por quien los
hacen, son más desinteresados, y parecen que no buscan más recompensa de ellos,
que la de que sean aceptados.
Si mister Stael
atribuye algunas acciones de patriotismo en las mujeres a la pasión amorosa,
esto no probará jamás que sean incapaces de ser patriotas, cuando el amor no
las estimula a que lo sean. Por lo que a mi toca, se decir que mis acciones y
opiniones han sido siempre muy libres, nadie ha influido absolutamente en
ellas, y en este punto he obrado siempre con total independencia, y sin atender
a las opiniones que han tenido las personas que he estimado. Me persuado que
así serán todas las mujeres, exceptuando a las muy estúpidas, y a las que por
efecto de su educación hayan contraído un hábil servil. De ambas clases también
hay muchísimos hombres.
Aseguro a usted,
señor Alamán, que me es sumamente sensible que un paisano mío, como lo es
usted, se empeñe en que aparezca manchada la reputación de una compatriota
suya, que fue la única mexicana acomodada que tomó una parte activa en la emancipación
de la patria. En todas las naciones del mundo, ha sido apreciado el patriotismo
de las mujeres: ¿Por qué, pues, mis paisanos, aunque no sean todos, han querido
ridiculizarlo como si fuera un sentimiento impropio en ellas?
¿Qué tiene de extraño
ni ridículo el que una mujer ame a su patria y le preste los servicios que
pueda para que a estos se les dé, por burla, el título de heroísmo romanesco?
Si ha obrado usted con injusticia atribuyendo mi decisión por la patria a la
pasión del amor, no ha sido menor la de creer que traté de sacar ventaja de la
nación en recibir fincas por mi capital. Debe usted estar entendido, señor
Alamán, que pedí fincas, porque el Congreso Constituyente, a virtud de una
solicitud mía para que se quitara el consulado de Veracruz toda intervención en
el peaje, porque no pagaba réditos, contestó: que el dinero del peaje lo tomaba
el gobierno para cubrir algunas urgencias y que yo podía pedir otra cosa con
que indemnizarme, ¿Porque en mucho no podrían arreglarse los pagos de rédito? ¿Qué
otra cosa, que no fueran fincas, podía yo haber pedido? O cree usted que
hubiera sido justo que careciera enteramente de mi dinero al mismo tiempo que
tal vez servía para pagar sueldos a los que habían sido enemigos de la patria?
Las fincas de que se cree que saqué tantas ventajas, no había habido quien las
quisiera comprar con la rebaja de una tercera parte de su valor, y yo las tomé
por el todo: la casa en que vivo tenía los más de los techos apolillados y me
costó mucho repararla. De todas las fincas, incluyendo en ellas el capital que
reconocía la hacienda de Ocotepec, que también se me adjudicó, sólo sacaba la
nación al año 1 500 pues que, como usted ve, es el rédito de 30 000 y con eso
se me pagaron 112 000. Si usted reputa esto por una gran ventaja, no la reputó
por tal aquel congreso, quien confesó que mi propuesta había sido ventajosa a
la nación.
Me parece que he
desvanecido bastantemente las calumnias del Registro. Espero que mis razones
convenzan a usted, y que mande insertar esta misma carta en el referido
periódico, para que yo quede vindicada y usted de una prueba de ser justo e
imparcial: lo que además le merecerá la eterna gratitud de su atenta y segura
servidora.
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