Segunda parte de la saga de Hollow Creek — Beto y El pacto
No recuerdo el momento exacto en que Antonio desapareció. Solo sé que la cabaña se tragó la luz, y él dejó de estar. Grité su nombre. Lo grité hasta que la garganta se me rompió. Pero el bosque no responde con ecos. Responde con imitaciones.
—Antonio… —susurró una voz detrás de mí. Me giré. No era él. Era la figura.
Alta. Retorcida. Con ojos como carbones encendidos. Me observaba sin moverse, como si esperara algo. Como si yo ya le perteneciera.
Intenté correr, pero el bosque se cerraba. Los árboles se movían. Las raíces salían del suelo como dedos, atrapando mis tobillos. Cada paso era una lucha contra la tierra misma.
El bosque interior — La cabaña desde los ojos de Beto
La cabaña no estaba donde la habían encontrado. O quizás nunca había salido de ella. Beto no lo sabía. El bosque se había tragado los caminos, los árboles se habían cerrado como una mandíbula, y la cabaña… la cabaña parecía viva.
La puerta se abría sola, como si lo invitara a entrar. El aire dentro era espeso, cargado de humedad y un olor penetrante a carne vieja y madera podrida. Cada paso que daba hacía crujir el suelo, pero no era un crujido normal. Era como si la madera se quejara, como si algo debajo se moviera.
Las paredes estaban cubiertas de símbolos tallados con precisión enfermiza. No eran simples runas: eran ojos, bocas, manos abiertas. Algunos parecían moverse si se les miraba demasiado tiempo. La pintura que los cubría era oscura, espesa, y olía a hierro… como sangre seca.
La chimenea se encendió, aunque nadie la había tocado. Las llamas no eran rojas, sino azuladas, y proyectaban sombras que no coincidían con los objetos. Encima, colgaban cabezas de animales cazados: un ciervo con los ojos aún húmedos, un zorro con la lengua fuera, y un lobo… con una expresión que parecía humana. Sus ojos seguían a Beto mientras se movía por la habitación.
En el centro, la mesa seguía servida. Dos platos. El guiso aún humeaba, pero ahora tenía gusanos que se retorcían lentamente. Las copas estaban llenas de un líquido negro que burbujeaba como si respirara. No había cubiertos. Solo cuchillos de caza, afilados, manchados, colocados como si fueran parte de un ritual.
El techo goteaba. No agua. Algo más espeso. Cada gota caía con un sonido hueco, como si golpeara carne. Y en el rincón más oscuro, donde la luz no llegaba, Beto vio movimiento.
La figura.
Alta. Retorcida. Hecha de ramas secas y piel quemada. Sus extremidades se doblaban como insectos, y su rostro… su rostro era una máscara de corteza con dos huecos ardientes por ojos. No iluminaban. Quemaban. Su boca era una hendidura vertical que se abría sin mover los labios, revelando dientes negros como carbón.
—El bosque cobra lo que se le debe —dijo, y la voz no salió de su boca, sino de las paredes, del suelo, del fuego.
Beto quiso correr, pero la cabaña se cerró. Las ventanas se sellaron con raíces. Las velas se apagaron. La chimenea escupió humo negro. Y las cabezas de los animales comenzaron a girarse lentamente, una por una, hasta mirarlo directamente.
La figura se acercó. Flotaba. Cada vez que se movía, la temperatura descendía. El aliento de Beto se volvió visible. Su cuerpo temblaba, pero no por frío. Por algo más profundo. Por algo que el bosque le había metido en los huesos.
Y entonces lo entendió.
El pacto — La decisión de Beto
El bosque no habla con palabras. Habla con memorias. Con imágenes que se filtran en la mente como sueños rotos. Beto no escuchó una voz, pero entendió. El bosque le ofrecía algo. No libertad. No salvación. Un intercambio.
Antonio sería liberado. Pero a cambio, Beto debía quedarse.
No como prisionero. Como parte del bosque. Como guardián de sus secretos. Como eco de sus raíces.
La figura lo observaba desde la penumbra, inmóvil, con esos ojos ardientes que no iluminaban, solo quemaban. Y aunque no hablaba, Beto sintió la oferta como una presión en el pecho, como un susurro en el alma.
Recordó a Antonio de niños, corriendo por los campos de su abuelo, riendo sin miedo. Recordó sus charlas nocturnas, sus planes de viaje, sus promesas de nunca separarse. Recordó la mirada de su hermano en la cabaña, justo antes de desaparecer, como si supiera que algo estaba por romperse.
Y entonces lo entendió.
Antonio no debía cargar con esto. No debía recordar. No debía vivir con el peso de lo que habían visto. Si alguien debía quedarse, debía ser él.
No por valentía. Por amor.
—Acepto —dijo Beto, sin voz, solo pensamiento.
El bosque respondió. No con palabras, sino con raíces que se enredaron en sus pies, con ramas que lo abrazaron como brazos antiguos. La cabaña se desvaneció. El tiempo se detuvo. Y Beto dejó de ser visitante.
Ahora es parte del susurro. Parte de las sombras que se alargan al caer la noche. Parte de las voces que llaman desde los árboles.
Y aunque Antonio camina libre, aunque su memoria fue borrada, Beto recuerda. Cada hoja que cae, cada brisa que cruza el claro, le trae fragmentos de lo que fue. Y en lo más profundo del bosque, donde nadie se atreve a entrar, hay una piedra con dos nombres tallados:
Beto . Antonio.
Uno se quedó. El otro lo olvidó. Pero el amor… el amor permanece.

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