Zaida la mujer cuyos ojos eran estrellas, una princesa musulmana que protagonizó una incierta historia de amor en la antigua Edad Media y que recordamos en el día de San Valentín.
Cuenta la leyenda, que se casó con el Rey de Castilla y León Alfonso VI y fue la madre del único varón del monarca. Eso a pesar de que el Islam prohibía las bodas de musulmanas con lideres cristianos y de que un amor así desafiaba las tradiciones religiosas.
El Rey Alfonso VI «El Bravo» es recordado por ser quien recuperó Toledo, antigua capital visigoda, para los cristianos y por su pretensión de un reino cristiano unificado.
Siendo Rey de León por herencia de su padre, de Galicia entre 1071 y 1072 y de Castilla entre 1072 y 1109. Pero la historia medieval se recrea más con leyendas y romances que con las conquistas militares o las alianzas. El mito de Alfonso VI le recae una sucesión de matrimonios fallidos con mujeres cristianas, entre un sinfín de amantes, sin que ninguna lograra darle un heredero varón. Para el monarca la aparición de una princesa musulmana con ojos de estrella haría tambalear su mundo
Los orígenes de Zaida resultan contradictorios. Si bien se sabe que era sobrina del Rey de Denia y Lérida, se desconoce quién eran sus padres y cuál era su vinculación con el Rey poeta de Sevilla, Al-mutamid. El sevillano velaría por Zaida a lo largo de varias etapas de su vida.
Al-mutamid jugó un papel importante en la caída de los reinos de taifas. En un contexto de enorme fragilidad de estos reinos, enfrentados entre sí y cada vez más frágiles ante el avance cristiano; Al-mutamid terminó temiendo más la llegada de los radicales religiosos situados en el norte de África, los almorávides, que a los cristianos. En un cambio de estrategia prefirió pactar con el Rey de Castilla y León que con los Almorávides, que planeaban acabar con la relajación en las tradiciones islámicas y destituir a todos los príncipes de los taifas. Lo contradictorio es que había sido él quien precisamente les había abierto las puertas de la península a los Almorávides tras la caída de Toledo y ante el temor a que los cristianos tomaran toda Andalucía.
Pero este cambio de estrategia llegó tarde para muchos reinos. La joven Zaida estuvo casada en ese tiempo con Abu Nasr Al´Fath al-Ma´mun, Rey de Córdoba, al que las crónicas mencionan como hijo de Al-mutamid. Ante el avance almorávide, el dirigente musulmán envió a su esposa con setenta caballeros, familiares incluidos, al castillo de Almodóvar del Río que anteriormente había fortificado y abastecido. No obstante, al caer Córdoba y morir su marido Zaida se refugió en la Corte castellana ofreciendo varios territorios de frontera a cambio de protección.
La bella princesa quedó para siempre en la corte cristiana e incluso se dice que aceptó convertirse al cristianismo. Las crónicas posteriores dirían de la princesa que era una doncella de gran hermosura, muy virtuosa, discreta, esbelta, de singular belleza, de tez espléndidamente blanca, ante cuyas cualidades convulsionó al apuesto guerrero Alfonso VI gallardo y muy diestro en el manejo de las armas. El veterano Alfonso VI y la mora Zaida –llamada posteriormente Isabel– se casaron en el año 1100 y tuvieron al único heredero varón de todos los matrimonios del Rey. Según precisó el arzobispo Rodrigo Jiménez de Rada, ella aportó los castillos de Caracuel, Alarcos, Consuegra, Mora, Oreja, Uclés, Huete, Amasatrigo y Cuenca, cedidos a su vez por su suegro.
La cristianización de la joven fue un requisito para vencer la oposición de los grupos de influencia más conservadores de la Corte, que veían en el enlace con una musulmana algo impensable.
El hijo entre ambos, Sancho, hubiese sido el soberano de los reinos de Castilla y León de no haber muerto en la batalla de Uclés, en el año 1108, que se libró precisamente contra los almorávides. Su piel aceitunada, rasgo de un matrimonio entre dos razas, queda citado en las crónicas del periodo, así como su mocedad cuando le alcanzó la muerte: apenas sabía montar a caballo.
Con la muerte del heredero casi terminó el linaje. La reina Zaida murió en el parto de su segunda hija, con apenas cuarenta años, sin poder dar a Alfonso VI «El Bravo» otro varón. La hija de Alfonso, Urraca, heredaría el trono y dejaría sin consecuencias aquel matrimonio prohibido.
«De Zaida las luces bella quieren verte, porque dice que, movida a tus querellas, lloran tu estrella infelice sus ojos, que son estrellas». Guillén de Castro, «Las mocedades del Cid».
Fuente: ABC Historia
Vince In Bono Malum

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