Cuarta parte de la saga de Hollow Creek — La travesía de Antonio tras el pacto
El Camino del Olvido
La carretera se extendía como una cicatriz entre los árboles. El asfalto estaba agrietado, cubierto de hojas húmedas y ramas que parecían manos. Antonio caminaba sin saber por qué. No recordaba de dónde venía. No recordaba quién era. Solo sabía que debía seguir adelante.
Su cuerpo dolía, pero no sabía por qué. Tenía barro en las manos, sangre seca en la frente, y un zumbido constante en los oídos, como si el bosque aún hablara dentro de él. El aire era frío, pero no lo sentía. Lo que sentía era un hueco. Un silencio que no venía de afuera… sino de su interior.
A veces se detenía. Escuchaba pasos detrás de él. Oía su nombre… o lo que creía que era su nombre. Pero no estaba seguro. Todo era confuso. Fragmentos. Voces que no eran suyas.
—Antonio… —susurraba el viento.
Se giraba. Nada. Solo árboles. Solo niebla.
Y entonces, la carretera comenzó a cambiar.
Los árboles se inclinaban hacia él, como si lo observaran. Las sombras se alargaban, incluso bajo la luz tenue del amanecer. El suelo parecía respirar. Cada paso que daba, sentía que algo debajo se movía. Como si caminara sobre algo vivo.
El desgarro
El tercer día en la carretera no parecía tener fin. El sol apenas se filtraba entre las ramas, y el mundo se sentía suspendido en una niebla que no era del clima… era del recuerdo. Antonio caminaba como un espectro, con los pies heridos, la mente fragmentada, y el alma vacía.
Fue entonces cuando lo vio.
Una señal oxidada, medio enterrada entre hojas húmedas: “Bienvenido a Black Hollow.”
Las palabras lo golpearon como un eco lejano. Algo dentro de él se quebró. El aire se volvió más denso. El suelo pareció inclinarse. Y su cuerpo, como si obedeciera a una fuerza invisible, cayó de rodillas.
Y entonces, la niebla se abrió.
No en el bosque. En su mente.
Imágenes lo atravesaron como cuchillas:
Un arroyo oscuro. Una cabaña que respiraba. Velas encendidas sin fuego. Cabezas de animales que giraban lentamente. Una figura alta, imposible, con ojos como carbones encendidos. Y Beto. Su hermano. Sonriendo. Desapareciendo.
Antonio gritó, pero no salió sonido. Solo un temblor. Solo un llanto seco. El nombre de su hermano se formó en su garganta como una herida:
—Beto…
El bosque le había arrancado el recuerdo. Lo había sellado. Pero ahora, como una maldición que se rompe, todo volvía. Y con ello, el dolor.
Recordó el pacto. Recordó la frase escrita en sangre:“Uno se queda. El otro se olvida.”
Recordó cómo la figura lo miró, sin odio… con juicio. Cómo la cabaña se cerró detrás de Beto. Cómo el bosque lo empujó hacia afuera, como si lo escupiera. Como si ya no le perteneciera.
Y ahora, en medio de la carretera, con el cuerpo roto y la mente abierta, Antonio entendía.
No había sido elegido. Había sido perdonado. Y eso dolía más.
El silencio del bosque lo había seguido. Cada sombra parecía tener ojos. Cada rama parecía susurrar. Y aunque estaba fuera, aunque caminaba hacia casa, sabía que algo dentro de él nunca salió.
El regreso
Antonio llegó al pueblo al amanecer. Sus pasos eran lentos, arrastrados, como si el bosque aún lo sujetara por los tobillos. Su ropa estaba rasgada, cubierta de barro y sangre seca. Tenía la mirada perdida, los ojos abiertos pero vacíos. No hablaba. No lloraba. Solo caminaba.
La gente lo vio aparecer por la carretera como si fuera un fantasma. Nadie se atrevía a acercarse. Nadie preguntaba por Beto. Solo su madre corrió hacia él, con gritos entrecortados y lágrimas que no sabían si eran de alivio o de duelo.
Pero entre todos los rostros, había uno que lo observaba con ojos grandes, silenciosos: Alexis, de apenas ocho años.
Estaba de pie en el porche, con los pies descalzos y el corazón latiendo como tambor. Había esperado toda la noche. Había contado las horas. Había imaginado cómo su padre volvería con historias de fogatas, de estrellas, de aventuras.
Pero solo regresó Antonio.
Alexis corrió hacia él, pero se detuvo a medio camino. Algo en la forma en que su tío caminaba lo hizo retroceder. No era el mismo. No era nadie. Era un cuerpo que se movía, pero no vivía.
—¿Dónde está mi papá? —preguntó Alexis, con voz temblorosa.
Antonio lo miró. Por primera vez. Y en sus ojos, Alexis vio algo que lo marcaría para siempre: culpa. Terror. Y un vacío que ningún adulto supo explicar.
Antonio abrió la boca, pero no dijo nada. Solo cayó de rodillas. Su madre lo abrazó, llorando. Alexis se quedó de pie, con los puños apretados, sintiendo que algo se había roto. Algo que no volvería.
Esa noche, Alexis no durmió. Escuchó a su madre llorar en la cocina. Escuchó a Antonio murmurar cosas en sueños: “la cabaña”, “los ojos”, “el pacto”. Palabras que no entendía, pero que se le grabaron como cicatrices.
Desde entonces, Alexis dejó de preguntar. Aprendió que hay silencios que pesan más que las respuestas. Que hay ausencias que no se llenan. Y que el bosque… el bosque no devuelve lo que toma.
Años después, cuando su hijo Elian le preguntó por su abuelo Beto, Alexis solo dijo:
—Él no se fue. El bosque lo tomó.
Y en sus ojos, Elian vio el mismo vacío que Antonio había traído aquella mañana.
Antonio nunca volvió a hablar del viaje. Pero en su escritorio, guardaba una hoja de papel, escrita con mano temblorosa:
“Uno se quedó. El otro lo olvidó. Pero yo… yo lo recuerdo.”

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