Al Obispo que me llama ateo.
¡Ah clérigo! A entendernos de una vez
por todas. Te vuelves contra mí y ateo, sin más me apodas, acechando felino de
mi alma la huella; para ver qué negrura hay en el fondo de ella; inquirir hasta
dónde mis dudas han llegado y ver si en el infierno mi nombre han registrado; conocer
lo que niego o más bien lo que creo, este es tu gran anhelo, clérigo, a lo que
veo… Mi fe voy a decirla, mi confesión es franca.
Si se trata de
un viejo de larga barba blanca, sentado como papa o emperador, en trono que en
los teatros se llama bastidor; un ave en la cabeza aleteando inquieta, a su
derecha un ángel, a su izquierda un profeta con un hijo en el regazo, pálido y
extenuado, pies y manos heridos, sangrándole un costado, Uno y Trino,
escuchando el arpa infatigable, Dios celoso, Dios fiero, vengador, implacable; exterminando
al pueblo que Moisés extorsiona, bendiciendo de reyes-bandidos la corona; castigando
en los hijos la liviandad paterna, Dios, que habiéndonos creado, nos da la pena
eterna; él que detiene el sol al llegar a su ocaso, con riesgo de causar
universal fracaso; Dios geógrafo ignorante y astrónomo peor, Dios remedo del
hombre del que es amo y señor.
Que en cólera
hace muecas a todo el orbe humano como polichinela, con un sable en la mano; que
cien veces condena por una que perdona, y para hacer justicia consulta a la
madona; Dios, que del cielo azul nos lanza toda suerte de enfermedades, plagas
y por fin la muerte; contra nosotros manda a Nemrod inhumano, Cambises que nos urde
es obra de su mano; que a las plantas de Atila deja al mundo expirante… ¡obispo!
yo no creo en ese tu Dios de chocolate.
Empero, si se
trata del Ser grande, absoluto, que el ideal condensa en la sana verdad, por
quien el universo ha vestido luto, por quien se manifiesta la Ley de la Unidad.
Del mar cuya alma siento en el fondo de mi alma, de aquél que en voz muy baja
habla dentro de mí, que mis instintos doma, que mis pasiones calma que de mis
ansias locas modera el frenesí, si es del testigo mudo de quien mi pensamiento recibe
la caricia o siente el aguijón, si mi conducta es noble, me inunda de contento,
si se trata, repito, del prodigio inmanente, de más intensa vida que la que
vivo yo, que alienta nuestras almas cuando éstas van de frente por el sendero
augusto, que Jesús recorrió. Clérigo, si se trata de ese alguien profundo; a
quien la religión no forma ni deforma, que adivinamos bueno y sabio sin segundo,
que ni tiene perfiles, ni tiene humana forma.
Si se trata
del ser todo paternidad, a pesar de que un hijo jamás haya tenido, del que el Deuteronomio
no comenta, en verdad, ni el que Calmet en Esdras con ahínco ha leído; al que
el niño en su cuna y el muerto en su ataúd distinguen vagamente, flotando en
derredor, del que nunca se come ni enfermo ni en salud en pan sin levadura, de
mal gusto y color; del que no se disgusta porque algún corazón palpite cerca de
otro con sincera terneza, lo que tú ves pecado, el mira como un don augusto y
preciado en la naturaleza.
Clérigos nunca
tuvo, ni biblia irracional, sólo los elementos son eco de él mismo, todo
vertiginoso, ni carnal ni oficial, tiene por templo el cielo y por libro el Abismo.
A tal grado es enorme, que resulta
invisible, por doquier se distingue, siendo indeterminable, es ley, es vida, es
alma, es todo indefinible, en ese algo que flota, grandioso, impalpable… Si se
trata, repito, del supremo inmutable, solsticio del derecho, de la razón, del
bien, con quien el infinito sostiene infatigable el eterno equilibrio, el
tremendo vaivén.
Del que ayer, hoy, mañana, continuamente
marca duración a los soles, al corazón paciencia, del que todo lo puede, del
que todo lo abarca, que es claridad en todo y en nosotros conciencia, si se
trata del ser eterno, simple, inmenso, fe del recién nacido y del muerto va en
pos, para quien nombre propio no encuentro aunque lo pienso y a falta de ese
nombre yo denomino Dios, entonces todo cambia, nuestras almas se tornan; la
tuya hacia la noche, golfo de la aflicción donde se oyen gemidos, lamentos que
trastornan; ¡ES EL FONDO DEL CAOS! ¡QUE ESPANTOSA VISIÓN!…
La mía sube arrogante por claridad
guiada a donde se expansiona conforme a su deseo, arrobadores himnos oye mi
alma encantada, y yo soy el creyente, ¡obispo! Y vos; … … el ateo.
I:.P:.H:.
VICTOR HUGO


Interesante
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