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“EL RESURGIMIENTO DE UN DIOS”


Ajolote (del náhuatl axolotl: atl-agua y Xólotl- monstruo; monstruo acuático).

En verdad viven, allá en donde de algún modo se existe.

Ya no estás aquí, ya no, en la región donde de algún modo se existe

Acolmiztli Nezahualcóyotl
 Aquí yace, oculto, agazapado en la sombra de un pasado mirífico; empantanado en el interior de las aguas, otrora cristalinas, hoy enfangadas, de un lago sagrado. Recuerda en compañía de su añoranza sempiterna los tiempos en que fue soberano del inframundo, hermano gemelo del gran Quetzalcóatl; monstruoso, deforme, si, pero admirado y venerado por ser quien ayudaba a los muertos en su viaje al Mictlán.

Así, escondido en la esfera fugaz del olvido, execra, más no se arrepiente; no comprende, no entiende, como ha sido juzgado por sus primos –dioses del Anáhuac-, si el muriese, se pregunta, ¿a quién le correspondería apoyar a los descarnados hacia el Mictlán? No concibe a nadie más que a él para ese trabajo, él que sabe burlar a la muerte, engaña a los reyes del Mictlán – Mictlantecuhtli y Mictecacihuatl-; busca y rebusca sin encontrar argumentos o razones de la maldición que sus primos le dictaron por su “falta”, y ¡que esperaban!, que se dejaría inmolar para conectar el movimiento del Quinto Sol, ¡jamás!; no es que le tema a la muerte, ¡no! Solamente utilizó su don, engañarla; no fue su intención, era por una buena causa; más bien, él se sacrificó ¡viviendo!; y que ironía, piensa, ahora es el único de sus primos que sigue aferrado -como siempre- a la existencia.

Solloza, encerrado en ese cuerpo orondo de 15 a de 20 centímetros de largo, en sus extremidades torácicas tiene cuatro dedos y cinco en las abdominales, tiene patas pequeñas y cola con cresta vertical que se remonta hasta la parte superior de su cabeza, coronado por una serie de peludas branquias y pequeños ojos negros como de botón. Ostenta visibles manchas brillantes, que le dan gran belleza estética –resabio de su antiguo linaje-.

Si bien, además de branquias posee sacos pulmonares, para de vez en vez asomarse a la superficie; extraña los tiempos en que podía trasmutar en cualquier forma; de pronto, evoca el día aciago, ese día en que se escondió para no ser muerto. Primero se convirtió en una planta de maíz de dos cañas o ajolote (xolotl); al ser descubierto echó a correr y se escondió en un magueyal, donde tomó la forma de una penca doble o mejolote (mexólotl).

Una vez más fue hallado, pero logró evadirse introduciéndose al lago sagrado –su lago-, donde se transformó en anfibio para pasar desapercibido (axolotl). Ésta fue su última metamorfosis; sin embargo, finalmente, sus primos lo atraparon y lo condenaron a vivir en soledad en medio de ese lago para toda la eternidad.

Desfallece, desespera, debido a que, por aquellos que sacrificó su justo lugar entre los dioses, lo han relegado a la preterición; no lo conocen, no saben de él. Lamenta profundamente que lo hayan obligado a exiliarse en esta zona lacustre, empero, -jaja-, sonríe amargamente, lo que nadie sabe es que aún cuenta con una oportunidad de trasformarse, lo que le equivaldría dar la vida.

Pude cambiar su apariencia una vez más, única, irremplazable; despistar como antes lo hacia, convertirse en salamandra e irse de ese lago –que es su cárcel- ¡jaja!, pero percibe que esta vez, en verdad, será la última; perdería su capacidad de desorientar y fatalmente moriría. ¡no! No es factible esa opción.

Encoge el cuerpo contra la tierra, no desea que su penacho –la cresta de su cabeza- en otro tiempo orgullo de su vanidad, indique a los enemigos su paradero; medita: “es cierto, si opto por cambiar, muero y si no lo hago muero de igual forma”. Seguramente su primo Huitzilopochtli programó un mal para que en estas últimas décadas lo acosara. Varios diablos lo acechan, le quieren dar muerte. Ha escuchado a algunos pobladores, que tales seres son tilapias y carpas, pero él es más astuto que tan infames criaturas –no lo vencerán-. También ese malvado Dios dispuso que poco a poco su prisión, el lago, fuera perdiendo el tono cristalino de azul celeste, pátino de esplendor, por el oscuro y pestilente verde fango que lo ahoga, producido por la alteración del aire y agua que sistemáticamente –siguiendo su instrucción - los partidarios de Huitzilopochtli efectúan al entorno.

Nadie repara en él, nadie lo socorre.

Si lo conocieran, si se acodaran de él, si logra subsistir, cavila, pude oxigenar el lago que es ya su habitad, por que consume alimañas y parásitos del lirio acuático, el cual, a su vez absorbe varios venenos del agua y brindar a la atmósfera el gas vital; si se acercaran a él los que ataño protegía les develaría el arcano de la regeneración, rejuvenecimiento “la vida eterna”, de hecho, si lo redescubren aquellos que lo olvidaron, les legaría la enseñanza de replicar alguna extremidad perdida.

Es más, en su infinita tristeza, está dispuesto, a entregar sus secretos a aquel que lo redima ante los ojos de los que ya no están; si se le mantiene vivo, ese viejo siempre joven, sabio milenario revelará la manera de mantener los sistemas nervioso y cardiovascular en perfectas condiciones, mejorar la visión, prevenir y tratar la depresión –mal del siglo XXI-, en disminuir la inflamación del cuerpo, en controlar la artritis, en dar resistencia pulmonar, en atacar el cáncer, especialmente el de mama y próstata.
Amigo lector: ¿Serás tú quien lo exima?


 

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