“El fanatismo es a la
religión lo que la hipocresía es a la virtud.”
Charles Palissot de
Montenoy.
Comenzaremos diciendo que todas las
cosas, al menos, tienen dos acepciones, o mejor dicho “dos caras”;
culturalmente a este fenómeno se le ha conocido como: “el bien y el mal”, la
luz y la sombra, el día y la noche, el ying y el yang; conceptos que si bien
antagónicos, se complemente entre si.
En esta ocasión el tema en la mesa es polémico,
pues hablaremos de la influencia de las acciones de don Tomás Garrido Canabal,
en el medio político nacional.
Digo polémico, porque mucha gente lo
conoce como “el demonio del sureste”, de hecho, he leído varios documentos en
el que se le conoce como “el pecado de tabasco”, “jefe máximo del sureste” o
simplemente el "diablo" y otras por el contario, lo reconocen como el
gran “redentor de la educación”, “el campeón del alfabetismo” ó el “azote del
oscurantismo”.
Uno de los grandes pecados del que se
le acusa es por su radical anticlericalismo y su ánimo desfanatizante, que sin
duda practicó, sin temor a equivocarme, en exceso; sin embargo, antes continuar,
quisiera recordar aquellas mágicas palabras del gran maestro Jesucristo: “El que no tenga pecado, que arroje la
primera piedra".
Para evitar herir susceptibilidades
permítanme remembrar algunas “anécdotas” protagonizadas por ilustres defensores
de la fe católica como el caso del primer obispo -e inquisidor- de México, Juan
de Zumárraga, quien procesó a Don Carlos Chichimecatecuhtli Ometochtzín, nieto
del gran Netzahualcóyotl, a quien mandó a quemar vivo en la plaza pública el 30
de noviembre de 1539 para convertirlo en la primera víctima del Santo Oficio en
la Nueva España.
Un caso (¿¿asilado??) más, lo
estelariza Fray Tomás de Torquemada, quien estableció la más crueles reglas para
el Santo Oficio, las que se siguieron tal cual en nuestro país, como el adoptar
el tormento y la confiscación de bienes a los acusados.
De tal manera vemos reflejada la
premisa que al inicio de esta participación señalaba: hay dos caras de una
misma moneda.
Pues bien, no es el caso hablar mal de
Garrido o de sus excesos, por el contrario, podemos exaltar su afán por
instituir una religión cívica, en la que se deidificaba a la patria.
Nuestro personaje externaba: “quemando
santos para iluminar conciencias”, cosa extravagante tal vez, pero importante
para desafiar y conseguir nuevas metas como país.
Tenía un proyecto de reconstrucción
social sumamente ambicioso, en el cual, buscaba formar una idea de nación en
armonía con una identidad nacional, los cuales sustentaran el nuevo proyecto
político.
De tal suerte, que las aulas escolares
se transformaron en los templos en los que se recuerda y expone la vida de los
mártires de la patria, como Francisco I. Madreo, apóstol de la democracia; los
mártires de Río Frío y de Cananea; Emiliano Zapata, el mártir de Chinameca; Los
hermanos Serdán protomártires de la Revolución y se hace culto a la bandera, e
incitan a: ¡por su amor vivir!
Intentó implementar el racionalismo en
la escuela moderna, creando un nuevo hombre a base del uso de la ciencia y la
razón, mientras se fundía en la colectividad solidaria, donde se suprimirían la
explotación y paradójicamente el individualismo, es decir, un hombre libre de
conceptos religiosos y esforzado.
Ambos elementos los quiso alcanzar a
través de la desacralización e iconoclastia de los símbolos religiosos, y la
transferencia de la sacralidad hacia las funciones cívicas.
En que los sacerdotes de esta nueva
devoción lo serían los profesores, magisterio que con la ideología
revolucionaria, “liberan” al pueblo de México, de la oscuridad y el misticismo
fanático.
Las ceremonias de desacralización
fueron parte de la puesta en escena para impulsar el proyecto de renovación
social, como la destrucción de las iglesias, así como los objetos que
contenían, con lo que se quería evidenciar que únicamente eran figuras hechas por
humanos.
Ahora bien, debemos resaltar que los
incidentes de violencia anticlerical que incitaba Garrido no pretendieron
destruir a la Iglesia, como tal, a pesar de las denuncias contrarias que
adjudicaban en ellos un complot masónico no sólo para destruir el catolicismo
sino para “sacrificar a la patria”.
Por el contrario, era el desvanecer
los viejos esquemas, la fe es importante, pero redirigida hacía el propio ser
humano, en uno mismo, cuya transmisión, enfatizaba Garrido, únicamente se podrá
inculcar a través de instrucción pública “laica”, así el maestro idealmente
competía con el párroco como líder moral de la comunidad e intermediario con
los poderes locales.
Decía: “la religión (todas) no sólo se apodera de las conciencias e inculca
supersticiones que transforman el cerebro y hacen al hombre cobarde, sino que
lo privan de pensar, y no pensando no puede producir nada útil”
Si analizamos esa sentencia de manera
objetiva, vemos que se sustenta en un fundamento altamente “cierto”; que expresa
que todo fanatismo, no sólo el religioso, es perjudicial.
Garrido logró observar que la
superstición en cualquier modalidad, inhiben el desarrollo individual y
colectivo del ser humano, es por ello que esa visión se transmitía a los
alumnos en clase con la intención de ofrecerles los orígenes y remedios en
contra de la explotación: “las religiones
eran un mito que habían inventado los que tenían mucha cultura para explotar y
robar al pueblo.” De tal suerte que, la entidad redentora del hombre, era
el trabajo productivo y creador.
Recordemos que este proyecto
tabasqueño se afianzaba en el concepto de progreso, en donde la religiosidad
era vista como un lastre, la cual debía reprimirse en aras de producir un nuevo
mexicano capaz de enfrentar los retos de la modernidad.
Asimismo, podemos comprender la
mecánica de su ideario, desde varios espacios: las transferencias culturales e
ideológicas internacionales, las políticas federales y sus aplicaciones regionales,
hasta las dinámicas religiosas como muestra de reacción frente a los proyectos
culturales revolucionarios.
Sin embargo, tal explosión de
“modernidad” no logró encumbrarse, debido a las condiciones especiales del
panorama religioso de la región en los inicios del siglo XX, en donde a pesar
de existir una mayoría católica, había comunidades protestantes y otros grupos
religiosos, que ante la persecución atomizaron una respuesta unida en contra
del gobierno.
Este caso permite visualizar la dinámica
entre religiosidad y secularización, mostrando la complejidad de transformar a
una sociedad a pesar de imponer políticas radicales como las que aportó
Guarrido.
Aun así, sobrevive una práctica de
“religiosidad cívica”, impulsada por Tomás Garrido en nuestras escuelas, los uniformes
de carácter militar que los alumnos de las escuelas secundarias federales
portan, así como saludar militarmente a nuestra bandera.

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