Primera parte de la saga de Hollow Creek
Cuento de terror inspirado en las leyendas de los Apalaches
Los Apalaches no son montañas cualesquiera. Son viejas. Tan
viejas que los árboles parecen recordar cosas que los hombres han olvidado. Hay
quienes dicen que en sus bosques se esconden secretos que no deben ser
encontrados, y voces que no deben ser escuchadas.
Beto y Antonio, hermanos inseparables, no creían en esas
historias. Mexicanos de espíritu aventurero, el primero, un ingeniero brillante y Antonio un abogado sobresaliente, decidieron recorrer una ruta poco
transitada cerca de Black Hollow, un pueblo que parecía existir solo en
susurros. Querían grabar su travesía, mostrar la belleza salvaje del bosque.
Pero lo que encontraron fue otra cosa.
El cruce
El día era claro, el aire fresco. Las hojas crujían bajo sus
pasos mientras avanzaban por el sendero. Pero al cruzar el arroyo Hollow Creek,
el bosque cambió. El silencio cayó como una losa. No había pájaros. No había
viento. Solo árboles torcidos, como si se retorcieran en dolor.
Antonio miró su reloj. Detenido. El GPS, sin señal.
—¿Escuchaste eso? —preguntó Beto. —¿Qué cosa? —Tu nombre…
como si alguien lo dijera.
Antonio no respondió. En su pecho, algo se apretaba. El
bosque parecía observarlos.
La niebla llegó sin aviso. Densa, húmeda, con olor a tierra
vieja. Y entre los árboles, apareció una cabaña. No estaba en el mapa. No debía
estar ahí.
Era una construcción de madera oscura, con el techo
inclinado y cubierto de musgo. Las ventanas estaban rotas, pero algo dentro
parecía respirar. Al empujar la puerta, esta se abrió con un chirrido agudo,
como si se quejara de ser molestada.
Dentro, el aire era más frío. La madera del suelo crujía
bajo cada paso, como si se resistiera a sostenerlos. Las paredes estaban
cubiertas de símbolos tallados, runas antiguas que parecían moverse si se les
miraba demasiado tiempo. Algunas estaban pintadas con lo que parecía sangre
seca.
Una chimenea de piedra dominaba el rincón izquierdo. Aunque
no había fuego, el hollín fresco indicaba que alguien la había usado
recientemente. Encima, colgaban cabezas de animales cazados: un ciervo con los
ojos abiertos, un zorro con la boca entreabierta, y lo que parecía ser un lobo…
aunque su expresión era casi humana.
La mesa al centro tenía dos platos servidos. La comida
estaba caliente. Vapor salía de un guiso espeso, y junto a él, copas de madera
llenas de un líquido oscuro. No había cubiertos. Solo cuchillos de caza,
afilados y manchados.
—¿Quién vive aquí? —susurró Beto. —Nadie —respondió Antonio,
aunque no estaba seguro.
En el suelo, había marcas de arrastre. Como si algo —o
alguien— hubiera sido llevado hacia la chimenea. Las velas, colocadas en
círculo, se encendieron solas. Y en la pared, justo frente a ellos, apareció
una frase escrita con lo que parecía sangre fresca:
“Uno se queda. El otro se olvida.”
La madera crujía como si algo caminara por el techo. Las
velas parpadearon, proyectando sombras que se alargaban como dedos. Y entonces,
del rincón más oscuro de la cabaña, emergió la figura.
Era alta. Demasiado alta para ser humana. Su cuerpo parecía
hecho de ramas secas y piel quemada, como si el bosque mismo lo hubiera
moldeado con odio. Tenía extremidades largas, huesudas, que se doblaban en
ángulos imposibles. Su torso estaba cubierto por una especie de corteza
agrietada, y de ella colgaban tiras de carne vieja, como restos de antiguos
visitantes.
El rostro era lo peor.
No tenía ojos, solo dos huecos ardientes como carbones
encendidos, que no iluminaban… quemaban. Su boca era una hendidura vertical que
se abría lentamente, revelando dientes negros, irregulares, como piedras
afiladas. Cuando hablaba, no movía los labios. Su voz salía como un eco desde
dentro del cráneo, hueca, antigua, como si hablara desde el fondo de una
caverna.
—El bosque cobra lo que se le debe —dijo, y cada palabra
parecía rasgar el aire.
A su alrededor, la temperatura descendió. El aliento de los
hermanos se volvió visible. La madera de la cabaña gimió, como si sufriera. Las
cabezas de los animales colgadas en la chimenea comenzaron a girarse
lentamente, una por una, hasta mirar directamente a Beto y Antonio.
La figura flotaba, sin tocar el suelo, pero cada vez que se
acercaba, las velas se apagaban. Y cuando extendió una mano —larga, con dedos
como raíces— hacia Beto, el bosque pareció contener la respiración.
El camino
La carretera serpenteaba entre colinas cubiertas de niebla.
El asfalto estaba agrietado, como si el tiempo lo hubiera olvidado. No había
señales. No había autos. Solo el sonido de los pasos de Antonio, lentos,
arrastrados, como si cada uno le costara recordar quién era.
Vestía ropa sucia, rasgada. Tenía barro en las manos, hojas
enredadas en el cabello. Sus ojos estaban abiertos, pero vacíos. Miraba al
horizonte sin reconocerlo. El bosque quedaba atrás, pero parecía seguirlo. Cada
árbol al borde del camino parecía inclinarse hacia él, como si lo observara.
Antonio no sabía su nombre. No sabía por qué caminaba. Solo
sentía que debía alejarse. Que algo lo había soltado… pero no del todo.
A veces se detenía. Escuchaba pasos detrás de él, pero al
voltear, no había nadie. Oía su nombre, susurrado por el viento, pero no lo
reconocía. En su pecho, una angustia sin forma. Como si algo faltara. Como si
alguien faltara.
En su mochila, encontró una nota. El papel estaba húmedo, la
tinta corrida, pero aún legible:
“El bosque eligió. Yo lo olvidé.”
Antonio cayó de rodillas. Lloró sin saber por qué. Y
mientras la niebla lo envolvía, la carretera parecía alargarse infinitamente,
como si nunca fuera a terminar.
Desde entonces, algunos conductores aseguran haber visto a
un hombre caminando solo por esa carretera, con la mirada perdida y una sombra
que lo sigue a pocos pasos. Como
si buscara algo que el bosque le quitó.

WOW, excelente trama, me dejó intrigado y con ganas de querer seguir leyendo más de esta historia tan épica y que te va envolviendo más conforme sigues leyendo 🤩😎
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